domingo, 26 de mayo de 2013

Las moras de la discordia



Todo comenzó en el estado de Jalisco, en un bonito pueblo llamado Yahualica de González Gallo. Mi edad aproximada era de 5 años. Una de las aventuras más sanas o menos extremas que recuerdo y la única en que no me regañaron,  porque pues, a pesar de los golpes y caídas, tenía un beneficio: de llevar  unas moras azules.
 Al lado de mi casa había un enorme árbol de moras azules, que era de mi vecina; ella era una señora muy enojona, pero buena gente.  Cuando nos  veía  juntos a mis amigos  y a mí,  en su árbol trepados o quitándole las moras, salía muy enojada y decía “Niños dejen mi árbol, no le quiten las moras”. Nosotros de inmediato bajábamos, corríamos y regresábamos, pero después de un tiempo, la señora cambiaba de opinión y decía “Miren niños pueden tomar moras de mi árbol. Las que recolecten me dan una parte a mí”. Entonces sacaba una cubeta, la cual debíamos llenar.  Nosotros, después de que ya teníamos el permiso de la señora, nos trepábamos en el árbol y empezábamos con la colecta de moras azules. La táctica era esta: mientras yo me subía al árbol y lo agitaba, las moras caían al suelo y los otros niños las recogían y las colocaban en cubetas, o con lo que halláramos para recolectarlas. Nos pasábamos alrededor de tres horas y era muy cansado, pero también muy divertido.
 Debo confesar que teníamos bastantes accidentes, por ejemplo: golpes, rasguños y algunas picaduras de insectos.  Incluso entre nosotros peleábamos;  por llenar más rápido los recipientes y nos las robábamos entre nosotros. Nos hacíamos trampas  que eran comunes entre nosotros, y terminábamos enojados,  pero todas las moras que necesitábamos estaban en los recipientes. Tocábamos a la  puerta de la señora y le entregábamos las  moras que le correspondían. Después nos íbamos a mi casa, las lavábamos y mi mamá o un  familiar hacían agua fresca o licuado, o las picaba para comer o beber. Ya salíamos con nuestras moras convertidas en algo más rico y nos sentábamos en la banqueta, y cada uno de nosotros platicaba como le gustaría que mi mamá les preparara las moras,  la siguiente vez que  recolectáramos.

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