domingo, 30 de junio de 2013

Burlas de Daniel




Mi padre y sus compañeros de trabajo, Organizaron un curso para  jóvenes. Había que estar por quince días viviendo en una casa. No me gustaba la idea.   Yo nunca asistía a uno, porque según yo, siempre estaba ocupada y no me interesaba hasta  un día  que platiqué con mi padre. Me contó que en ese curso asistirían únicamente los hijos de sus compañeros, de diferentes estados de la república y que esta vez se realizaría en el Distrito Federal.

Me hizo la invitación sin presionarme. Yo solo lo escuché y decidí asistir. El hecho de convivir con chicos de mi edad me interesó. Cuando mi padre me llevó, los chicos ya tenían dos días en la casa. Llegué temprano. Me asignaron una habitación y me presentaron con ellos.   Nos fuimos al comedor  y desayunamos.  Sus padres y el mío nos habían advertido que en esa casa pasaban cosas extrañas. Que a veces espantaban y se oían ruidos.  

Una noche, yo estaba en la  habitación que se me designó.  A media noche. Pasó lo que me advirtieron. Escuché que en mi oído susurraron mi nombre. Era una voz chillante. De inmediato abrí los ojos y grité. Todos alarmados fueron hacía mi habitación. Ellos también escucharon esa voz diciendo mi nombre. Salí corriendo de la habitación y todos nos juntamos en la recámara de al lado. Tres chicas entraron en  pánico, perdieron la voz momentáneamente, no se movían y solo miraban hacia al frente. Las demás temblábamos. Queríamos marcar al coordinador, pero no podíamos, porque nos temblaban las manos.  Como pudimos controlamos la situación y calmamos a los que estaban más alterados.

Al día siguiente, comentando, lo que sucedió, los chicos bromeaban.  En especial,  Daniel decía  “¿De qué nos preocupamos? Dijeron Angie. Venían por ella, nosotros debimos seguir durmiendo”.  Posteriormente, Daniel se hizo muy amigo mío. Siempre estaba conmigo, cargaba mis cosas e incluso compartíamos las tareas de la casa, ya fuera que él lavara mis trastes, o yo, los de él   después de comer. Se quedaba conmigo hasta tarde, para que no me volvieran a espantar según él.

Ahora creo en los fantasmas, y en el buen compañerismo.  Aprendí a compartir tantas horas al día con personas desconocidas, que se convirtieron en muy buenos amigos.

domingo, 23 de junio de 2013

Victoria de traición



Una noche fui con Luis al Autódromo Hermanos Rodríguez. Sería El Racing Bike. Capital presentado por Monster. En el que ambos participaríamos. Para nosotros era un evento muy importante. Cada año lo esperamos. Este evento se divide en varonil y femenil.  Era momento de comenzar. Salieron las primeras caravanas de motos. Todas desfilaron. Vi alrededor de nueve mujeres junto conmigo. Algunas se veían muy rudas. Entre la música y  los ruidos de los motores de las motos. Nos alistábamos para correrlas. Llegó mi turno para enumerarme. Me dieron el número 23. Recuerdo muy bien que al estar al lado de una de las chicas; me dijo: “Princesa que haces aquí vete a rizar el cabello”. Yo solo sonreí irónicamente y me coloqué el casco. Era momento de comenzar.  Se dio la señal de arranque.
Todas las corredoras arrancamos. Íbamos en principio muy parejas. Al  dar cinco vueltas en el tiempo fijado. Terminó la preocupación y la adrenalina en cuestión de minutos. Solo teníamos que  esperar los resultados. Al frenar estaba mi amigo y me quitó el casco. Respiré y lo miré. Él estaba muy serio. Le pregunte qué pasaba. Solo me contestó: “baja”. Bajé de la moto, la acomodé y lo seguí. 
Comenzamos a hablar y dice: “Tenemos que irnos. Me llamó mi hermano, tiene un problema necesito ir”. Le respondí muy preocupada “Vamos”. Regresé por la moto y él fue por la suya, para subirlas a la camioneta e irnos. Al llegar a casa dijo: “Angélica me mataras. Mi hermano está bien. Es solo que mi novia quiere verme y no tarda en llegar”. Me molesté terriblemente con él y Salí de su casa. Hasta dejé la moto en su camioneta. Tome un taxi y me dirigí a mi casa. Él no paró  de llamar por teléfono, al día siguiente.  Jamás le respondí. Ese mismo día mandé a una persona que fuera por la moto a la casa de Luis. Después me enteré que el piloto número 23, era la victoriosa, campeona del Racing Bikel femenil. Pero como jamás aparecí. Se le otorgó, la victoria al piloto número 14.

 Es un claro ejemplo del egoísmo de una persona. Cuándo él claramente sabía que la victoria sería mía. Sé aprovechó de que  yo actuaría por solidaridad. Demostrándole mí amistad.  Me iría del lugar sin importarme nada. Mientras que él me demostró su traición.

domingo, 16 de junio de 2013

Deshaciéndoce del regalo



Tocaron a la puerta de mi casa. Al abrir un amigo me saludó. En sus manos tenía un pequeño cachorro de raza French Poodle de color blanco, con un moño rosa en su pequeña orejita. Me sorprendí al ver al cachorro.  Él enseguida, lo puso en mis manos y dijo: “Ahora es tuyo.” Le di las gracias y él se fue. Después, estaba con el perrito en mi recámara. Me sentía feliz. Lo acurruqué y lo acaricié.

Yo jamás tuve una mascota. Mi madre es muy estricta y delicada. Ella le tiene temor a los gérmenes y no le agradan los animales en casa y mucho menos convivir  con ellos.  Para mi fortuna. Mi padre y mi madre se encontraban de vacaciones.  Regresarían hasta una semana después. En el transcurso de la semana, yo atendí al cachorro. Estaba muy contenta con la presencia de la mascota en casa. Mis padres llamaban por teléfono cada noche. Un día antes de que ellos llegaran. Hable con mi padre por teléfono y le dije: “Papi les tengo una sorpresa”. Él insistió en que le dijera qué tramaba. No dije nada y solo reía.

Cuando llegaron. Yo aún estaba dormida. Solo escuche los ruidos y un tremendo grito de mi madre: ­­— ¿Qué es esto?  ¡No, no, no! Me levante enseguida y fui hacia ellos. Mi padre solo tenía su carita de… “té van a regañar”. Sonreía burlescamente mientras cargaba al cachorro y lo acariciaba. Mi madre, hacía un drama terrible. Hasta según ella, se le iba la respiración del coraje. Yo con carita burlona. Explicaba que: me lo habían obsequiado. Que me dejaran tenerlo. Simplemente, mi madre no entendía razones. Yo enojada tomé al cachorro y me fui a mi cuarto. Después hablando con mi padre. Él me dijo, que estaba de acuerdo, pero prefería no estar enojado con mi madre. Al  permitir que yo tuviera un cachorro. Yo solo callaba. Yo sabía que no haría cambiar de opinión a mi madre, sobre el cachorro. Busqué a quién regalarlo. No fue difícil encontrar quién lo adoptara. Ya que era hermoso y daba ternura al verlo.   

Esa tarde lo regalé. Fue un sentimiento feo. Incluso lloré por cinco horas sin parar.  Mi  padre me consolaba, palmeaba mi cabeza y espalda. Mi madre seguía orgullosa sin dirigirme la palabra. Ni regalando al cachorro le di gusto.

Ahora que mi amigo pregunta, ¿Cómo está el perrito? con la voz temerosa contesto; ¡está muy bien!