domingo, 9 de junio de 2013

El grito de desesperación




Un miércoles  estaba en la escuela, cursaba mi último año de preparatoria. Estaba en el salón de clases, cuando le  llamé a mi madre para que fueran por mí porque me sentía mal. Ella llegó por mí, y nos retiramos de la escuela, llegamos a casa. Mientras yo comía, mi madre hacía sus labores. Después de comer, yo estaba frente al tocador peinándome. De repente se escuchó un terrible estruendo. Me asomé al patio y vi que mi abuela estaba gritando porque a mi madre estaba tirada y ensangrentada en el piso, ya que se había caído de un pasadizo que estaba en la azotea. Esto me causó gran temor porque recordé que en la colonia habían muerto dos personas que se cayeron de su azotea. Pensé que ocurriría lo mismo con mi madre.

Al ver  a mi madre en el suelo y mi abuela arrodillada a su lado llorando, entre en shock. Estábamos solas y no sabía qué hacer, si pedir ayuda o estar abrazándola. Mi padre estaba de vacaciones. Opté por llamar a la ambulancia, corrí  hacia el teléfono, pero no sabía a qué numero marcar, entonces salí a la calle, grité y pedí ayuda. Los vecinos salieron  y fueron a mi casa y llamaron a una ambulancia.

Al poco rato llegó la ambulancia, una  patrulla y muchos vecinos. Todos mostraron apoyo, nos consolaron y calmaron, en especial a mí abuela que es mayor de edad y estaba muy alterada. Subieron a mi madre a la ambulancia, mi abuela y yo la acompañábamos.

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