Mi padre y sus compañeros de trabajo, Organizaron un curso
para jóvenes. Había que estar por quince días viviendo en una casa. No me
gustaba la idea. Yo nunca asistía a uno, porque según yo, siempre
estaba ocupada y no me interesaba hasta un día que platiqué con mi
padre. Me contó que en ese curso asistirían únicamente los hijos de sus
compañeros, de diferentes estados de la república y que esta vez se realizaría
en el Distrito Federal.
Me hizo la invitación sin presionarme. Yo solo lo escuché y
decidí asistir. El hecho de convivir con chicos de mi edad me interesó. Cuando
mi padre me llevó, los chicos ya tenían dos días en la casa. Llegué temprano.
Me asignaron una habitación y me presentaron con ellos. Nos fuimos
al comedor y desayunamos. Sus padres y el mío nos habían advertido
que en esa casa pasaban cosas extrañas. Que a veces espantaban y se oían
ruidos.
Una noche, yo estaba en la habitación que se me
designó. A media noche. Pasó lo que me advirtieron. Escuché que en mi
oído susurraron mi nombre. Era una voz chillante. De inmediato abrí los ojos y
grité. Todos alarmados fueron hacía mi habitación. Ellos también escucharon esa
voz diciendo mi nombre. Salí corriendo de la habitación y todos nos juntamos en
la recámara de al lado. Tres chicas entraron en pánico, perdieron la voz
momentáneamente, no se movían y solo miraban hacia al frente. Las demás
temblábamos. Queríamos marcar al coordinador, pero no podíamos, porque nos
temblaban las manos. Como pudimos controlamos la situación y calmamos a
los que estaban más alterados.
Al día siguiente, comentando, lo que sucedió, los chicos
bromeaban. En especial, Daniel decía “¿De qué nos
preocupamos? Dijeron Angie. Venían por ella, nosotros debimos seguir
durmiendo”. Posteriormente, Daniel se hizo muy amigo mío. Siempre estaba
conmigo, cargaba mis cosas e incluso compartíamos las tareas de la casa, ya
fuera que él lavara mis trastes, o yo, los de él después de comer.
Se quedaba conmigo hasta tarde, para que no me volvieran a espantar según él.
Ahora creo en los fantasmas, y en el buen compañerismo. Aprendí a compartir tantas horas al día con personas desconocidas,
que se convirtieron en muy buenos amigos.
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