Un miércoles estaba en la escuela, cursaba mi
último año de preparatoria. Estaba en el salón de clases, cuando le llamé a mi madre para que fueran por mí
porque me sentía mal. Ella llegó por mí, y nos retiramos de la escuela,
llegamos a casa. Mientras yo comía, mi madre hacía sus labores. Después de
comer, yo estaba frente al tocador peinándome. De repente
se escuchó un terrible estruendo. Me asomé al patio y vi que mi abuela estaba gritando
porque a mi madre estaba tirada y ensangrentada en el piso, ya que se había
caído de un pasadizo que estaba en la azotea. Esto me causó gran temor porque
recordé que en la colonia habían muerto dos personas que se cayeron de su azotea.
Pensé que ocurriría lo mismo con mi madre.
Al ver a mi madre en el suelo y mi abuela
arrodillada a su lado llorando, entre en shock.
Estábamos solas y no sabía qué hacer, si pedir ayuda o estar abrazándola. Mi
padre estaba de vacaciones. Opté por llamar a la ambulancia, corrí hacia el
teléfono, pero no sabía a qué numero marcar, entonces salí a la calle, grité y
pedí ayuda. Los vecinos salieron y fueron a mi casa y llamaron a una
ambulancia.
Al poco rato llegó la ambulancia, una patrulla y muchos vecinos. Todos mostraron apoyo, nos consolaron y calmaron, en especial a mí abuela que es mayor de edad y estaba muy alterada. Subieron a mi madre a la ambulancia, mi abuela y yo la acompañábamos.